Traspasado por Cristo

por José Miguel García, sacerdote · V aniversario (2020)

Son ya cinco años, estamos aquí reunidos, por la memoria de la vida de Marcos. Ciertamente, el motivo, el gesto que estamos celebrando es la eucaristía, que como bien sabéis, el significado es: Acción de gracias. Sin duda ninguna la Iglesia siempre se reúne en este gesto de acción de gracias a Dios por habernos dado a Cristo y la Redención, pero hoy de un modo especial estamos aquí en esta acción de gracias, por Marcos. Gracias por su vida, gracias por su existencia, por haberle conocido, pero sobre todo de un modo o de otro, yo creo que la mayoría de vosotros le dais gracias porque ha sido testigo privilegiado de la presencia de Cristo entre nosotros.

Caer en la cuenta de cómo ha obrado en él Cristo y de cómo él ha respondido con sencillez desde el inicio en el que de un modo potente entra Cristo en su vida, es un motivo continuo de estupor, de reconocimiento de bien y por lo tanto de acción de gracias.

Si nos pusiéramos ahora a comentar el rasgo, la característica que más a cada uno de nosotros nos llamó la atención de la vida de Marcos, pues es probable que cada uno destacara alguna de sus cualidades, de las cualidades que le dio Dios o de los dones que recibió a lo largo de su vida.

Yo hoy solamente quiero destacar dos que para mí han sido fundamentales: estaba traspasado por Cristo. Si tuviera que decir una palabra clara sobre él, lo que determinaba en su vida, era esta presencia de Cristo, y no ocurrió de la noche a la mañana. Él, también hijo de su tiempo, como todos nosotros, pues también él provenía de un mundo, podemos llamarlo, individualista, narcisista, de búsqueda también de la propia afirmación, pero es verdad que en el tiempo lo que dominaba en él no eran las circunstancias positivas o negativas que muchas veces nos hunden o nos complican la vida, no eran tampoco grandes sueños, que pronto los dejó, no eran sus incapacidades o capacidades, sino la presencia de Cristo, como alguien real, como alguien verdaderamente carnal en su vida.

Cuando Cristo entró en su existencia, ya no hubo presencia más determinante, no hubo otra presencia más fascinante para él que la de Cristo.

Tantas veces en sus diarios, que él escribía en un diálogo continuo con el Señor, o en los e-mails, o los WhatsApp que enviaba a sus amigos, claramente lo que dominaba era esto.

De nuevo, cuando os entreguen a la salida el recordatorio de este año, está este correo enviado a una amiga, tan expresivo, de que lo que domina en él es esta presencia de Cristo, que no incluso su coherencia, su capacidad, su estar a la altura, sino el amar realmente a Cristo, y por eso lo leo de nuevo.

«Tú eres todo y yo nada, te quiero con todo mi corazón: mañana caeré y pecaré, pero, aunque sea solo en este instante, te entrego mi vida a Ti, Rey de reyes, Belleza y Amor; a ti que estuviste con Juan y Andrés y hoy vives cerca de mí; a ti que estuviste en la cruz por mí; a ti te digo que te quiero, que puedes disponer de mí y que nada deseo más que estar en tu presencia, afirmándote como sumo bien. No soy capaz de expresar con palabras aquello que desea hacer mi corazón en este instante, en este instante —¡por fin!— bien aprovechado. Te quiero, gracias».

Es lo que dominaba en la vida de Marcos. Para él era esta presencia continuamente amorosa, fascinante. No había otro modo. En muchas de sus acciones, en su diario, en su manera de estar, en su modo de hablar, no había nada en él que no fuera fiel de una o de otra manera a reconocer a este Cristo, presencia real y carnal.

Pero hay un rasgo para aquellos que viven de Cristo que se da en su vida, que es muy significativo, que es la unidad. De hecho, en el Credo, cuando queremos definir lo que es la Iglesia, que es los seguidores de Cristo, la comunidad que se adhiere a Cristo y hace presente a Cristo, decimos que es una. La primera característica que decimos: la unidad.

Su vida poco a poco fue unificada en este centro único que era Cristo Jesús. A él lo que le importaba era amar y seguir a Jesús, todo giraba alrededor de Él, y justamente por eso en él se generó una unidad en su vida, pero también una pasión enorme por la unidad de la comunidad, de los amigos, de la familia, de una unión en la vida.

Cuando él percibía alguna dificultad, algún problema, seguro sufría e inmediatamente ponía manos a la obra para, digamos, reparar de alguna manera eso, con una oración o bien con una llamada, intentando acompañar. Esta pasión por la unidad es un signo evidente de la presencia de Cristo, signo de una vida cambiada por Cristo, unidad en él y unidad que él generaba a su alrededor. Los que habéis compartido la historia y los tiempos en los que él era responsable de los universitarios, habéis visto a Marcos movido siempre por este deseo de construir, de expresar esta unidad. Consciente de que es la unidad el milagro más potente, y por lo tanto aquello que más habla de la presencia de Cristo en el mundo.

Una unidad que se expresa siempre de un modo bello, en los cantos, en el orden, en el gusto, en el modo de tratarse, en una conversación única cuando comían juntos o se tomaban una cerveza con otro, un gesto continuo de unidad.

Estoy hablando de un recuerdo del pasado, pero soy consciente de que él vive, él no nos ha dejado; es fundamental caer en la cuenta de que él es compañero de camino, intercesor también para nosotros hoy.

Damos gracias por lo que el Señor ha hecho en él, y le pedimos a Marcos, por su intercesión, que siga sosteniendo nuestro camino de fe, que siga ayudándonos a apasionarnos por Cristo, como él era un apasionado, que siga verdaderamente siendo amigo y cuidando también de nuestra unidad.

Sin duda el hecho de que pidamos insistentemente también a él hará cada vez más patente para nosotros y para el mundo entero el bien que significa la vida de Marcos para la Iglesia.

Por ello hoy damos gracias conmovidos a Cristo por lo que ha querido hacer en Marcos, y damos gracias a Marcos por la sencillez, la prontitud y la apertura que él tuvo, como decía el Evangelio: «Le ha complacido a Dios revelarse a los pequeños…». Él acogió con una sencillez esplendorosa, tanto que ha sido a la vez consolado y fue también consuelo para muchos a lo largo de los años que vivió. Que siga por lo tanto ayudándonos y sosteniéndonos en nuestro caminar.