Lecturas: Is 58, 9b-14; Sal 85; Lc 5, 27-32.
«Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió». Podríamos haber escuchado estas palabras muchas veces. Pero nunca logramos sustraernos a una sensación de vértigo. ¿Por qué dejarlo todo, de esta forma tan descarada? ¿Qué le diría exactamente Jesús a ese hombrecillo, qué gesto, qué mirada le llevarían a tomar esa resolución en tan pocos segundos? Muchos detalles, que saciarían nuestra curiosidad solo superficialmente, se nos escapan. Los evangelios son apuntes para sostener la fragilidad de la memoria, no el informe de un inspector. El meollo de la cuestión, sin embargo, está claro: el significado de la vida se nos desvela en pocos segundos, en una decisión rápida como un “sí, quiero”. Luego el tiempo añadirá razones y sentimientos a una decisión total y radical: pero este ímpetu no deja de ser necesario. Dejándolo todo, que no significa dejando de momento lo que estaba haciendo, dejando a medias el trabajo de esa mañana, los papeles y las cuentas, sino dejándolo todo. Todo.
Todo, porque la vida es vocación, la vida es respuesta a un designio bueno que alguien más sabio que tú ha pensado para ti. La vida se cumple sólo cuando es un sí, respuesta al amor de Cristo, dure lo que dure: ochenta años, veintitrés como Marcos o pocas horas, como Gonzalo. El valor de la vida no se mide por su duración, porque valor infinito significa valor a priori. Tú vales porque eres amado, no por el éxito mundano de lo que haces, por su cantidad o duración.
Don Giussani, en un texto escrito a finales de los años cincuenta – acababa de dar vida a la experiencia de Gioventù Studentesca, lo que luego sería Comunión y Liberación – expresa de esta forma el significado de la vida como vocación: «Dios me ha llamado de la nada. Entre los miles de millones de seres posibles, Él me ha elegido y me ha llamado a mí. Mi vida está constituida por esa llamada. Mi vida continúa porque Él continúa llamándome, impidiendo que vuelva a caer en el silencio de la nada de la que fui sacado. Mi vida es una Voz que me llama, la Voz potente de Aquél a quien se debe todo lo que existe»1.
Sin duda tenía en la cabeza al poeta italiano Giovanni Pascoli. En clase Don Giussani utilizaba este poema para explicar la vocación: Hay una voz en mi vida / Que advierto en el punto que muere; / Voz cansada, voz perdida, / Con el temblor de la palpitación: / Voz que acude anhelante, / Que al pobre pecho se aferra / Para decir tantas y tantas cosas… 2.
Hay una voz en mi vida. Lo queramos o no, la escuchemos o no, estemos aturdidos o atentos, distraídos o cansados, hay una iniciativa que viene antes de nuestras iniciativas. Por esta razón Don Giussani llega a concluir en tono lapidario: «Mi vida es una respuesta obligatoria a esa Voz que me está llamando»3. Imbuidos por los criterios del mundo, cada vez que escuchamos “obligatorio” en seguida pensamos en algo negativo. Pero Dios da a los conceptos su auténtico significado: para Él, la obligación no es constricción sino más bien lo contrario: la exaltación de mi libertad y su plenitud. Dios sólo puede indicar lo mejor, lo que nos hace crecer. Jamás se le ocurriría pedirnos algo que respondiera a nuestro deseo solo en parte, o que esté decididamente en contra de nuestra felicidad. Dios piensa en la totalidad. Respuesta obligatoria no significa que te prive de tu opinión, talentos o inclinaciones (¡bien sabemos lo preciosa que es nuestra libertad a sus ojos!), sino que es obligatoria porque determina el camino que Dios ha elegido para ti, y no otro. Habría podido escoger muchas formas… y sin embargo te propone una de ellas. Respuesta obligatoria porque si la rechazo, no seré feliz. La vocación es respuesta obligatoria porque nadie mejor que Dios sabe cómo llevar a plenitud lo que tú eres y deseas, aunque la forma no sea la que tú elegirías, las circunstancias no sean las que estaban en tu cabeza. Lo digo porque a veces, después de aceptar la propuesta del Señor, nos escandalizan las consecuencias más prosaicas de este sí. Las pequeñas dudas ofuscan el entusiasmo inicial, hasta hacernos pensar que nos hemos equivocado, o se ha equivocado Dios. Por comodidad, llegamos a justificar muchas cosas… En cambio, la vocación vivida con sencillez y radicalidad abre el horizonte, exalta y amplifica – como dice esa preciosa expresión de la liturgia – lo que por pudor “la oración ni se atrevería a pedir”.
Ahora entendemos en profundidad lo que el Evangelio relata de una forma muy escueta. «Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió». Una fracción de segundo, sin pestañear. La vida se decide así, en algo que el mundo tildaría de inconsciente y atrevido. Pero para el cristiano, hijos de un Padre bueno y no de nuestras fuerzas, ese sí es la condición necesaria, obligatoria, para crecer. Lo que Jesús propuso a Leví hace dos mil años sucede a cada uno de nosotros, sucedió a Marcos, y hoy damos gracias a Dios porque lo vemos realizado en él. En su carne, en lo que nos ha donado no por ser él mejor que nosotros, sino porque se ha dejado invadir por este sí, por la vocación.
En la vocación se dan cita el deseo del hombre y la propuesta de Dios. La promesa de totalidad, de felicidad plena, se vislumbra en la carne concreta de pequeñas o grandes decisiones, personas y circunstancias que se convierten todos en factores de una única vocación, es decir, del deseo que Cristo tiene de entrar en mi vida y plasmarla como la había pensado en la eternidad. Pero para esto necesita mi colaboración.
Con esta misa ponemos de manifiesto otro aspecto muy importante: nuestra presencia es la demonstración que el sí a la vocación es fecundo. Aquí hay bastantes personas que no han tenido trato personal con Marcos y que sin embargo han venido esta mañana atraídos por su sí. Porque no es cierto que quienes nos han dejado sólo viven en nuestro recuerdo, como a veces se oye decir en los funerales: quienes nos han dejado viven sobre todo en el sí a la vocación y en el sí al presente que nos han enseñado a amar. De no ser así, la vida sería inútil, sin razón de ser. Y si esta mañana aquí hay un pueblo es porque el sí de Marcos es el mismo que podemos pronunciar también nosotros.
Pienso especialmente en Itziar y Paco, en su deseo de paternidad que Dios ha cumplido de forma inesperada y no menos verdadera. Como todos intuimos, cuando Dios piensa la vocación de los hijos – ojo, no me refiero a la vocación a la vida religiosa, sino a la vida como vocación, a lo que cada uno de forma singular está llamado a ser y realizar en la historia – la vocación de un hijo supone un salto cualitativo en la vocación de los padres, una profundización que no es otra cosa sino el desarrollo de lo que Dios ya había pensado desde el principio: un designio de bien. Ahora vuestra casa abierta, la vocación a la acogida que vuestra familia está viviendo os hace cada día más padres de Marcos, porque sois padres de lo que el Señor está suscitando en la Iglesia a través de Marcos, y lo que Dios está suscitando… somos nosotros. Ojalá dentro de unos años alguien, viéndose obligado a escribir unos apuntes sobre nuestra vida llena de contradicciones, pueda llegar a decir lo mismo de nuestra relación con Cristo: «Ellos, dejándolo todo, se levantaron y lo siguieron».
1. L. Giussani, Vida como vocación, en Llevar la esperanza. Primeros escritos, Encuentro 1998, 175.
2. G. Pascoli, La voce en Canti di Castelvecchio, Milán 1968.
3. Vida como vocación, 175.